En nuestro contexto social la muerte no existe. La muerte se esconde como si fuera algo vergonzoso. Vivimos dándole la espalda, pensamos que es injusta, dolorosa y que no tiene ningún sentido, “mientras que es el momento culminante de nuestra vida, su coronación, lo que le confiere sentido y valor” (1).
La muerte, una vez abolido el tabú del sexo, se ha convertido en el gran tabú de la sociedad occidental. Mientras que, en el siglo pasado era impensable hacer públicas tendencias y manifestaciones sexuales; se ocultaban o disimulaban los embarazos; o se les contaba a los niños que era la cigüeña la que había traído al recién nacido. En nuestra sociedad actual, el modelo imperante es la ocultación de todo lo que tiene relación con la muerte, la enfermedad y el sufrimiento. Fieles a este modelo, los tanatoprácticos se esfuerzan en mejorar la apariencia física del difunto, en un afán por borrar las huellas de la muerte; apartamos a los niños de los acompañamientos a los enfermos y de los velatorios; morimos solos en la fría y aséptica habitación de un hospital, rodeados de tubos y de máquinas, dejando de ser alguien para pasar a ser sólo algo, un cuerpo objeto; y preferimos velar a los difuntos en los tanatorios, en lugar de hacerlo en el propio domicilio. Así pues, nos da miedo la muerte y consideramos una buena muerte aquella que llega sin avisar porque, en general, no queremos vivir nuestra propia muerte.
Vivir de espaldas a la muerte conlleva vivir de espaldas a los ritos, los duelos y los procesos desencadenados por las pérdidas afectivas. Una sociedad que oculta la muerte y que persigue alcanzar la eterna juventud, tiende a pasar de puntillas por aquellos ritos que le recuerdan su propia finitud. “Mientras que en algunas sociedades primitivas el aseo del cadáver; el luto o el duelo eran elementos simbólicos y rituales de suma importancia para el equilibrio social y para estrechar lazos de unión entre los familiares del fallecido, en nuestra vida cotidiana todo ello está en vías de desaparición” (2). Aunque las ceremonias y ritos funerarios adopten, según las religiones, las tradiciones culturales o creencias, formas muy distintas, todas tienen un mismo sentido: acompañar el cuerpo y el alma de la persona que ha fallecido y ayudar a sus familiares a expresar su dolor.
Como consecuencia de la desritualización de la muerte y del duelo, toda una serie de tradiciones como el luto riguroso o la celebración de ceremonias, velatorios y vigilias, han perdido su contenido para las personas y comunidades que han sufrido la pérdida de seres queridos (3). Es de suma importancia que las ceremonias funerarias recuperen el espacio que antaño ocupaban ya que son un elemento de cohesión entre los miembros de la comunidad que ha perdido a un ser querido. Los recuerdos, (recordar, del latín re-cordis “volver a pasar por el corazón”), que desgranamos cuando nos reunimos en el velatorio y los rituales de despedida, nos permiten empezar a tomar consciencia de lo que perdemos con la desaparición de la persona amada. Rememorar lo que nos ha aportado es una manera de reflexionar sobre cómo continuaremos nuestra vida sin ella y cómo retomaremos lo que nos ha enseñado y transmitido.
El temor que sentimos ante la muerte condiciona nuestra relación con los enfermos y moribundos. Es entonces, cuando un silencio tácito se instala entre ellos y sus familiares, y el tiempo de morir, que es también un tiempo de despedidas, se transforma en un tiempo de soledad. La incapacidad para comunicar y compartir los sentimientos, fruto del miedo a enfrentarse a una realidad que ya no se puede eludir, incrementa el sufrimiento y el aislamiento de unos y otros. “Muchas veces, tal vez demasiadas, la persona que a pesar del ocultamiento, adquiere conciencia de su final, ha de vivir su experiencia en solitario sin la posibilidad de intercambiar sus impresiones con los que le rodean, y privado de poder ser director, guionista y actor de su musically followers propia muerte” (4).
El tiempo de morir tiene un valor y debemos respetarlo porque tiene sentido, aunque éste se nos escape. “El tiempo de morir es el tiempo de los últimos intercambios, el tiempo de cerrar el círculo. El tiempo de prepararse para pasar a otra vida, sea cuál sea la representación que tengamos, incluso si esta vida es un misterio absoluto” (5). Sin ninguna duda, éste es un tiempo para acompañar, para estar. Como acompañantes que somos, tenemos que tener en cuenta cómo nos aproximamos al enfermo o moribundo. Tenemos que ir su encuentro con la mayor profundidad posible, dejando de lado miedos, prejuicios y deseos personales. Deberemos ir más allá del cuerpo físico, maltrecho y cansado, es decir del cuerpo objeto al cuerpo íntimo. Reconociendo la humanidad del otro y tomando conciencia de los gestos, palabras y miradas que acompañan cada uno de los rituales diarios que llenan la vida de un enfermo, el encuentro con la persona enferma o moribunda adquirirá una dimensión sagrada. El alma que hablar puede con los ojos también puede besar con la mirada (6).
Cuando no tenemos tiempo para devenir, lo único que nos queda son los instantes, kairós, para ser. Lo único posible es entonces el presente. Ante la imposibilidad de un después por una muerte anunciada, aprovechas cada momento del día para estar, para mostrar el amor, el afecto, la ternura, el respeto y la compasión que sientes por el enfermo o moribundo. Así también, para despedirte cada día, para expresar los sentimientos más íntimos, para agradecer la infinita suerte de que el ser amado haya formado parte de nuestras vidas.
La finitud nos acompaña desde el mismo día en que nacemos y, como seres finitos que somos, algún día pereceremos. ¿Podemos vivir siendo conscientes de nuestra propia finitud, despertarnos cada día recordando que somos mortales y que algún día dejaremos de ser finitos porque moriremos? En un mundo cada vez más tecnificado y desacralizado que nos empuja a una carrera desenfrenada para tener y poseer, ¿es posible vivir plenamente el misterio de existir y de morir?, ¿es posible que empecemos un nuevo día recordando que somos mortales?, ¿es posible aprender a vivir y a morir?

(1) M. De Hennezel, La mort íntima, Columna Assaig, Barcelona, 1996: 13.
(2) C. Poch, O. Herrero, La muerte y el duelo en el contexto educativo. Reflexiones, testimonios y actividades, Paidós, Barccelona, 2003: 17.
(3) R.A. Neimeyer, Aprender de la pérdida, Ediciones Paidós Ibérica, S.A., Barcelona. 2007: 106.
(4) I. Cabodevilla, Vivir y morir conscientemente, Editorial Desclée De Brouwer, S.A. Bilbao. 2004: 33 (1999).
(5) M. De Hennezel, J.-I. Leloup, L’art de morir, Helios, 1998: 40.
(6) Gustavo Adolfo Becquer.